

El sector chino de la construcción superó esta semana el punto de ebullición, al galope de la demanda de la clase media y la desbocada especulación inmobiliaria, cuyas riendas Pekín no sabe ya cómo controlar.
Después de dos años de infructuosas medidas administrativas, el Gobierno chino reconoció que el aumento de la inversión en edificios e infraestructuras está "al límite", tras el crecimiento del 27,7 por ciento entre enero y marzo.
Viviendas, oficinas, carreteras, puentes y fábricas supondrán este año nada menos que el 52,7 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), estima la Academia China de Ciencias Sociales (CASS).
Algunas industrias, como la siderúrgica, del cemento y cristal, empiezan a mostrar signos de superproducción, y podrían activar un ciclo deflacionario que perjudique a toda la economía.
La burbuja de inversiones podría provocar una "crisis financiera", según Yin Zhongli, experto de CASS, ya que muchos proyectos inmobiliarios se financian a base de créditos baratos, sin tener en cuenta la demanda del mercado, que no logra seguir el ritmo.
Las cifras lo dejan claro: en el primer trimestre, los préstamos bancarios alcanzaron 1,26 billones de yuanes (157.000 millones de dólares), más de la mitad de los 2,5 billones (310.000 millones de dólares) previstos para todo el año por el Banco Popular de China (central).
El horizonte de grúas hace de muchas ciudades un gran solar en construcción, pero cada vez hay más edificios vacíos.
Un total de 123 millones de metros cuadrados se quedaron el año pasado sin vender, y sólo en el sector de la vivienda, 69,8 millones de metros cuadrados (equivalente a unos 700.000 apartamentos) siguen en oferta.
Pero los precios no caen, al menos de momento, y un estudio de las 70 principales ciudades chinas reveló un incremento del 5,5 por ciento en el precio del metro cuadrado habitable, aunque las diferencias entre urbes son abismales.
En la sureña ciudad de Shenzhen, por ejemplo, los precios subieron un 20 por ciento interanual, mientras Pekín, la "capital olímpica" del 2008, mantendrá ese ritmo los próximos años.
El ciudadano medio no puede permitirse comprar un piso y según una reciente encuesta en Pekín sólo el 9,3 por ciento de los pequineses pueden comprar vivienda por encima de 7.000 yuanes (872 dólares) el metro cuadrado (el precio medio está en 6.725 yuanes, 841 dólares).
¿Quién compra entonces?: la clase media que lleva ahorrando dos generaciones y los nuevos ricos que pueden pagar hasta 20.000 ó 30.000 yuanes (2.400 ó 3.700 dólares) el metro cuadrado, a menudo como segunda vivienda o inversión, ya que las oportunidades de invertir en banca o bolsa son aún muy limitadas en China.
Los expertos apuntan también a otro problema: la oferta del mercado no se corresponde a las necesidades reales de la población, los pisos son demasiado grandes (120 metros cuadrados es el estándar para una familia de tres) y prohibitivos.
Pekín, alarmado por la amenaza de préstamos fallidos y ciudades medio vacías mientras millones de personas viven de alquiler, está decidido a ajustar las riendas al sector, pero la política sobre la mesa requiere innovación.
"Menos préstamos bancarios y más control a la recalificación de la tierra" parece ser la fórmula mágica que el Gobierno chino aplicará por tercer año consecutivo, pese a la obvia falta de resultados.
El truco parece estar en "hacer que se apliquen las leyes" de verdad, un problema que China tiene en otros sectores como la lucha contra la piratería o los abusos de los derechos humanos.
"Todos los nuevos proyectos deben respetar la política industrial del estado y los criterios del mercado. Debemos evitar el exceso de inversión en algunas industrias y regiones", anunció ayer la Comisión Nacional de Reforma y Desarrollo (ministerio de Fomento).
Pero, sobre todo, Pekín tiene que llamar al orden a los gobiernos locales, que siguen estirando de la inversión en activos fijos para crear empleo y alcanzar un crecimiento económico "preocupante" y muy superior al 8 por ciento que desea el Gobierno central.
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